No sé si alguna vez habéis estado en mi situación, pero yo
os vengo a describir la sensación que tienes cuando estas expectante ante una
respuesta tan vital como esta.
Cuando hay algo que se te da mal, realmente mal, tienes que
hacer un esfuerzo sobrehumano para superarlo sobretodo porque normalmente estas
cosas no nos gustan nada. Si a eso le añadimos diez cosas más que tampoco son
muy de tu agrado acabas volviéndote completamente loco en tan solo nueve meses
y eso, queridos blogueros es de lo que voy a hablar hoy.
Al empezar el año empiezas bien, dices “Esto es fácil” pero
esa actitud te dura hasta que ese hijo de **** al que llamamos cariñosamente
maestro/a te enseña un examen en el cual tu hermano pequeño es capaz de sacar más
nota que tú con los ojos cerrados. A partir de ese momento tu cabeza empieza a
darse vueltas a si misma produciéndote unas ganas inmensas de tirarte al suelo
y comenzar a patalear, como si eso lo solucionara todo. Después de desechar esa
mala idea de tu cabeza joven y alocada, decides ponerte en serio y aprobar los
siguientes exámenes, estas tan completamente seguro de que si estudias ocho
horas al día aprobarás que no te das cuenta de que eso no es del todo cierto
hasta que lo compruebas.
Ves a esa
M.A.E.S.T.R.A (Miserable Asquerosa Estúpida Tocada Ridícula) Con esa típica
sonrisa de pena, diciéndote, (porque ya no se conforma con verte sufrir al ver
esa nota de una cifra menor a cinco), “Yo sé que tu puedes dar más”, es ahí
cuando tu cara se pone violeta y tienes otra vez ese arrebato mental de tirarte
al suelo y dar patadas pero esta vez añadiendo los brazos. Y para más inri la
señora esa te dice “Lo siento mucho pero estas suspendido” que no es malo del
todo pero cuando añade la coletilla típica de “Es por tu bien” te dan ganas de
dejar de respirar.
Aún así en vacaciones dices bueno, esto ya no lo puedo
solucionar me pongo las pilas a partir de ahora y me va a salir todo bien, Si
señor. Pero realmente, no ocurre así porque vuelves a pegarte esas ocho horas,
en las que un sudor frio recorre tu espalda, haciéndote sentir angustiado y con
un unas ansias de llorar inaguantables. Cuando llegas al examen, tus notas son
exactamente las mismas que el trimestre pasado, si no peores claro, y ahí sí
que quieres morirte pero no puedes, aún te queda un trimestre, y ese es el
decisivo aunque ya a penas quieres seguir intentándolo.
Con tu último aliento repasas las dificilísimas formulas que
te llevaran al éxito, inseguro haces el examen rezando todo lo que sabes por qué
al menos llegue al cinco y sales de la clase dejando atrás una última esperanza
de futuro.
Dos días después por fin llega ella, cargada de esos folios
que dicen ser los exámenes. Impaciente corres a tu sitio y esperas con atención
hasta que ella empieza a devolver los exámenes, para colmo de mayor a menor
nota, y llega el nueve, el ocho, el siete… Y de repente te llega a ti, después de
tanta agonía ves que ese examen tiene como puntuación un 7.1, al principio no
te lo crees, luego ríes, y por último saltas de alegría. La que era la odiosa
maestra ya no te parece tan odiosa y vuelves a sentarte recuperando la
compostura antes de saber tu nota final. Persona a persona ella va dando las
notas, muchos suspenden, otros no, pero cuando llega tu nombre no puedes evitar
que ese escalofrío que recorre toda tu espalda sacándote prácticamente las
lagrimas de los ojos, estas tan angustiado que tiemblas y cuando dice que estas
aprobado, el corazón te da un vuelco, todo tu cuerpo siente el cosquilleo y tan
solo sabes llorar de emoción ante tal noticia que te ha alegrado un verano y
una vida, porque nunca mas tendrás que lidiar con ese problema, ya lo has
superado y ese merito es todo tuyo.
Esas lágrimas demuestran tu esfuerzo sobrehumano, y
demuestran que realmente te mereces estar en esa situación. Porque no eres tu
el que es difícil, son SIEMPRE las matemáticas.
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