Tarde o temprano nos damos cuenta que las mayores mentiras están acompañadas de grandes verdades...

sábado, 6 de octubre de 2012

Unión Prohibida


Vestido con tu pulcra camisa blanca, paseas por las calles del puerto que a pesar de ser pleno  invierno tiene un aspecto verdaderamente veraniego. La luz que el sol derramaba sobre tu piel hacia que tu tez aceituna reluciera bajo mis ojos, que atentamente te observaban desde mi ventana, donde me encuentro apoyada en el alféizar, con mis manos cubriendo gran parte de mi rostro, con la única intención de aguantar el peso de mi cabeza.
 Te seguí con la mirada hasta que una carabina irrumpió mis pensamientos haciendo que, elegantemente me presentara como cualquier muchacha de mi edad, a pesar de ser totalmente una joven con bastantes recovecos por descubrir. Tan rápido como pude salí con ese señor que no me agradaba para nada, y nos dirigimos a la tienda donde tú habías dejado tu rastro.
 Como gesto cortés pedí un té, mientras que mi compañero se benefició de las propiedades del whisky... Seguí cumpliendo los requisitos de la sociedad hasta el momento que tu sonrisa apareció en mi campo de visión y como si una mano gigante me empujara choqué contra ti haciendo que el chocolate que llevabas se derramara sobre mi vestido de seda blanca, pegué un grito al sentir el líquido caliente pasando por mis pechos, una gota  rebelde se deslizaba por el contorno de mi cuerpo cruzando exactamente la ruta que tus labios siguieron minutos más tarde, cuando después de ayudarme me invitaste a tu habitación.

Al principio no cabía de gozo en mi misma, el cosmos se quedaba pequeño para describir todas las sensaciones que recorrieron mi cuerpo con tan solo tocar las yemas de tus dedos, luego descubrí que además de saber sostener mi mano, esas yemas sabrían hacerme gritar de placer. Cuando me invitaste a esa copa de anís quise decir que no, pero la libertad de tu mirada no me dejo otra opción y después de charlar de mil temas triviales, tu rostro quedo a milímetros del mio sosegando mi alterada discusión acerca de no se que privilegios, dejándome tan solo atenta a tus brillantes ojos verdes y a esos carnosos labios que se acercaban con peligrosidad a los míos, haciendo de mi corazón una bomba de relojería.

Apenas unos segundos después ya no sabía ni como me llamaba, estaba frenética, estaba junto a ti el autor de cualquier fantasía que hubiera podido tener, junto a mi amor platónico, acostada de una manera imposible en esa enorme cama de sabanas blanquecinas, tus labios no paraban de juguetear con cada espacio de mi figura y yo por mi parte ya no quedaba un pelo en tu cabeza que siguiera en su sitio... Fue en ese momento cuando supe que no ibas 
a parar, que no harías lo mismo que otros muchos hombres al oír mi pequeño secreto...
Me incorporé y de mis dudosos labios salio una sola frase...
- No soy lo que piensas.

Tu cara se torno en sonrisa, y simplemente te acercaste a mi, me abrazaste y me susurraste al oído.


- No hay nada que diga lo contrario. 

Y acto seguido seguiste maravillándome con tus palabras, con tus caricias y con todas esas miradas que cautivarían hasta el león más feroz.


Cualquier miedo que hubiera podido tener antes se había disipado, y tras consumar nuestra lujuria no pude evitar sonreír satisfecha. Llevaba años tentándote y hoy en mi forma más ingenua por fin habías caído, ya eras mío.
Tras despedirme rápidamente de ti corrí hacia donde la carabina, mi maestra me esperaba y tal y como yo predije, estaba encinta. Nunca se me olvidará la cara que pusiste antes de matarte, y es que después de saber ese, mi pequeño secreto no dudarías en crear el mismísimo Apocalipsis.

Me dolió. Para mi sorpresa tu muerte fue mi perdición, la criatura que llevaba dentro palpitaba con fuerza recordándome cada una de las palabras que susurraste aquella tarde en la que el universo entero fue testigo de la unión del bien y el mal.