Vestido con tu pulcra camisa
blanca, paseas por las calles del puerto que a pesar de ser pleno
invierno tiene un aspecto verdaderamente veraniego. La luz que el sol
derramaba sobre tu piel hacia que tu tez aceituna reluciera bajo mis ojos, que
atentamente te observaban desde mi ventana, donde me encuentro apoyada en el
alféizar, con mis manos cubriendo gran parte de mi rostro, con la
única intención de aguantar el peso de mi cabeza.
Te seguí con la mirada hasta que una carabina irrumpió mis pensamientos haciendo que, elegantemente me presentara como cualquier muchacha de mi edad, a pesar de ser totalmente una joven con bastantes recovecos por descubrir. Tan rápido como pude salí con ese señor que no me agradaba para nada, y nos dirigimos a la tienda donde tú habías dejado tu rastro.
Como gesto cortés pedí un té, mientras
que mi compañero se benefició de las propiedades del whisky... Seguí cumpliendo
los requisitos de la sociedad hasta el momento que tu sonrisa apareció en mi
campo de visión y como si una mano gigante me empujara choqué contra
ti haciendo que el chocolate que llevabas se derramara sobre mi vestido de seda
blanca, pegué un grito al sentir el líquido caliente pasando por mis pechos,
una gota rebelde se deslizaba por el contorno de mi cuerpo cruzando
exactamente la ruta que tus labios siguieron minutos más tarde,
cuando después de ayudarme me invitaste a tu habitación.
Te seguí con la mirada hasta que una carabina irrumpió mis pensamientos haciendo que, elegantemente me presentara como cualquier muchacha de mi edad, a pesar de ser totalmente una joven con bastantes recovecos por descubrir. Tan rápido como pude salí con ese señor que no me agradaba para nada, y nos dirigimos a la tienda donde tú habías dejado tu rastro.
Al principio no cabía de gozo en mi misma,
el cosmos se quedaba pequeño para describir todas las sensaciones que
recorrieron mi cuerpo con tan solo tocar las yemas de tus dedos, luego descubrí
que además de saber sostener mi mano, esas yemas sabrían hacerme gritar de
placer. Cuando me invitaste a esa copa de anís quise decir que no, pero la
libertad de tu mirada no me dejo otra opción y después de
charlar de mil temas triviales, tu rostro quedo a milímetros del mio
sosegando mi alterada discusión acerca de no se que
privilegios, dejándome tan solo atenta a tus brillantes ojos verdes y
a esos carnosos labios que se acercaban con peligrosidad a los míos,
haciendo de mi corazón una bomba de relojería.
Apenas unos segundos después ya no sabía ni como me
llamaba, estaba frenética, estaba junto a ti el autor de cualquier
fantasía que hubiera podido tener, junto a mi amor platónico, acostada de una
manera imposible en esa enorme cama de sabanas blanquecinas, tus labios no
paraban de juguetear con cada espacio de mi figura y yo por mi parte ya no
quedaba un pelo en tu cabeza que siguiera en su sitio... Fue en ese momento
cuando supe que no ibas
- No soy lo que piensas.
Tu cara se torno en sonrisa, y simplemente te acercaste a mi,
me abrazaste y me susurraste al oído.
Cualquier miedo que hubiera podido
tener antes se había disipado, y tras consumar nuestra lujuria no pude
evitar sonreír satisfecha. Llevaba años tentándote y hoy en mi forma más
ingenua por fin habías caído, ya eras mío.
Me dolió.
Para mi sorpresa tu muerte fue mi perdición, la criatura que llevaba dentro
palpitaba con fuerza recordándome cada una de las palabras que susurraste
aquella tarde en la que el universo entero fue testigo de la unión del bien y
el mal.
a parar, que
no harías lo mismo que otros muchos hombres al oír mi pequeño
secreto...
Me incorporé y de mis dudosos
labios salio una sola frase...
- No hay nada que diga lo
contrario.
Y acto seguido seguiste maravillándome con
tus palabras, con tus caricias y con todas esas miradas que cautivarían hasta
el león más feroz.
Tras despedirme rápidamente de ti
corrí hacia donde la carabina, mi maestra me esperaba y tal y como yo predije,
estaba encinta. Nunca se me olvidará la cara que pusiste antes de matarte, y es
que después de saber ese, mi pequeño secreto no dudarías en crear el mismísimo
Apocalipsis.